martes, 15 de abril de 2014

¡En las tragedias todos deben ponerse!

¿Por qué las tragedias que a todos nos duelen, porque le duelen a Chile, no se enfrentan con todo?

¿Por qué la Cruz Roja, que acopia ayuda de particulares, no tiene un par de camiones para llevar la ayuda de Santiago a Valparaíso?
¿Por qué los carabineros ayudan a apagar incendios y los militares guardan el orden si los que apagan los incendios son los bomberos y los que guardan el orden son los carabineros? ¿Por qué hablan del orden el Ministro del Interior y el Ministro de Defensa, casi al mismo tiempo?

¿Por qué es Conaf y no las FFAA la que posee aviones para combatir los incendios y se guía con “criterios civiles”? ¿En la hipotética guerra no va a haber hipotéticos incendios? ¿Quién planifica la defensa en Chile? ¿Cómo se ve, a este país moderno, pidiendo helicópteros a sus vecinos?

¿Por qué debo yo elegir entre Santa Gemita y el Hogar de Cristo para entregar mi aporte, y no entregarlo en serias y responsables instituciones estatales? ¿No es el Hogar de Cristo una institución de dudosa propiedad privada desde el año 2000?

Ante una tragedia nacional, que desgraciadamente afecta con muertos y heridos, niños y ancianos necesitados, mujeres que deben amamantar sin recursos, chilenas y chilenos en general que necesitan INMEDIATA y sustantiva ayuda,

¿Por qué el agua para beber no es colocada inmediatamente por CCU, o Coca Cola o Pepsi Cola o…?

¿Por qué productos básicos no son colocados por Jumbo, Líder, Cencosud, Unimark, Ekono, Santa Isabel y Tottus?

¿Por qué los pañales, los colchones y la ropa interior no es entregada por Falabella, Hites, Almacenes París, Ripley y hasta La Polar?

¿Por qué la leche y el yogurt no son inmediatamente distribuidos ordenadamente por Nestlé, Soprole, Colún, Surlat o el que sea de ellos?

El trabajo voluntario es altamente valorable, por cierto, y sin él serían más lentas y deshumanizadas las soluciones.
No es que se desprecie o subestime los productos que, caritativamente, las personas hacen llegar a los damnificados, pero las necesidades urgentes y masivas (las de las tragedias nacionales, las de la salud, la educación, la vivienda social, no pueden depender de la desordenada (por definición), eventual y no planificada solidaridad

El apoyo solidario de personas instituciones es un suplemento caritativo, bienvenido y reconocido pero no el núcleo de la ayuda en tragedias como los grandes terremotos, los maremotos y los incendios apocalípticos.

Srs. de Falabella o Cencosud. ¿No es mejor publicidad, incluso, para las grandes firmas ayudar de inmediato con sus productos que aquella que se hará, más tarde, para un mercado además restringido por la tragedia?

¿Qué pasaría si la Presidenta o el Ministro del Interior, ante tragedias como éstas, llamara inmediatamente a los dueños o responsables de las grandes firmas para que acudieran sin cálculo de tiempo en ayuda de los damnificados?

¿No se evitaría así gastos enormes en atender gente que apoya, movilizaciones, orden, y se destinarían esos recursos estatales a otras políticas públicas?

Ahí sí avanzaríamos hacia una sociedad más justa, más responsable, más integrada y, sobre todo, más digna para los pobres y necesitados.

La dictadura fue una aplanadora

Quien introdujo el término “aplanadora” en la discusión política reciente fue nada menos que el presidente del PDC, Ignacio Walker, luego del inesperado triunfo de la Concertación-Nueva Mayoría en el Senado en noviembre pasado. En efecto, consultado por “El Mercurio” sobre qué harían con aquella victoria, el presidente del PDC se apresuró a calmar a la derecha y a los grandes grupos económicos: “El hecho de tener una mayoría en el Senado y en la Cámara no significa que estemos pensando en pasar la aplanadora” (23-11-2013). Reveladoramente, éste fue el titular más destacado del cuerpo C del decano de ese día.

Y fue un triunfo inesperado, porque la Concertación ¡hizo lo que estaba de su parte por no obtenerlo!, al presentar a dos candidatos socialistas (Camilo Escalona y Alejandro Navarro) en Concepción costa, la única circunscripción senatorial en que dicha coalición había doblado anteriormente (¡y dos veces seguidas!), llevando naturalmente a un candidato PDC y otro PS: Hosain Sabag y José Antonio Viera Gallo en 1997; y el mismo Sabag con Navarro en 2005. Los doblajes se obtuvieron ahora por dos graves errores cometidos por la coalición de derecha en las circunscripciones de Antofagasta y Coquimbo. Y no ha sido la primera vez que el conglomerado de “centro-izquierda” ha hecho gigantescas concesiones a la derecha política y económica.

Recordemos solamente el regalo de la mayoría parlamentaria efectuado a través de la negociación de reformas constitucionales de 1989; la no utilización de las mayorías del Congreso que obtuvieron Lagos y Bachelet (el primero entre agosto de 2000 y enero de 2002; y la segunda entre marzo de 2006 y diciembre de 2007); y el exterminio o neutralización, en la década de los 90, de toda la prensa escrita o canales de televisión con-trolados directa o indirectamente por el liderazgo concertacionista.


Sintomáticamente, Walker parece no recordar que la verdadera “aplanadora” (o “retroexcavadora”, “trituradora”, “moledora” o cualquier otra expresión análoga) fue la dictadura que padecimos casi 17 años en Chile.

Y no estamos hablando en sentido figurado. ¿O no fue el país en su conjunto el que sufrió -en diversa medida por cierto- las desapariciones forzadas, ejecuciones sumarias, torturas, vejaciones, detenciones arbitrarias, relegaciones, exilios, exoneraciones, amedrentamientos, censuras, toques de queda permanentes, violaciones de derechos políticos, etc.?

Tampoco parece recordar el líder del PDC que en virtud de dichos crímenes, persecuciones y prohibiciones se buscó aterrorizar y someter a la población con el fin de imponer a entera voluntad una completa refundación nacional en los planos políticos, económicos, sociales y culturales. Todo lo anterior no constituyó solo un mero ejercicio de sadismo -¡que por cierto lo fue también!- sino tuvo el propósito histórico de crear un nuevo país extremadamente neoliberal, como no hay ninguno en nuestro planeta. Esta fue la obra trascendente de la dictadura: La Constitución autoritaria del 80; las privatizaciones de los servicios públicos, incluyendo en ellas numerosas formas de corrupción; la virtual proscripción de los derechos laborales y sindicales, a través del Plan Laboral; la mercantilización de la previsión y la salud por medio de las AFP y las Isapre, y el vergonzoso aprovechamiento de su administración por los grandes grupos económicos; la desnacionalización mayoritaria de la gran minería del cobre, mediante la Ley de concesiones mineras; el desplome de la educación pública escolar, vía la municipalización de los liceos, siendo crecientemente reemplazados por el virtual negociado del subsidio estatal a colegios con fines de lucro, todo ello en virtud de la LOCE; la posibilidad de hacer fortunas también con universidades privadas, ¡pese a que la propia ley que las permitió prohibió el lucro!; etc.

Lo anterior lo han reconocido explícita o implícitamente los propios líderes y pensadores de derecha. Entre ellos, Andrés Allamand, quien en un libro escrito en 1999 planteó con toda desfachatez: “El gobierno militar chileno realizó una transformación económico-social de alcances fenomenales (…) El cambio originado por el gobierno tuvo el enorme mérito de ser pionero. Hoy es parte del paisaje bajar aranceles, privatizar, impulsar un régimen laboral moderno, poner en marcha un sistema previsional apoyado en la capitalización individual y en la administración privada de los fondos, implementar una red social focalizada hacia los más pobres y abrir nuevos espacios a la iniciativa privada en campos antes reservados al Estado. Pero no era así a mediados de la década del 70. Ni por asomo. ¿Qué hubo tras la decisión de Pinochet? ¿Intuición, visión, conocimiento? Para mí, una gran demostración de liderazgo (…) El modelo le aportaba una propuesta coherente y de paso le brindaba una coartada para el ejercicio prolongado del poder (…) Desde el otro lado, Pinochet le aportaba al equipo económico algo quizás aún más valioso: el ejercicio sin restricciones del poder político necesario para materializar las transformaciones (sic). Más de alguna vez en el frío penetrante de Chicago los laboriosos estudiantes que soñaban con cambiarle la cara a Chile deben haberse devanado los sesos con una sola pregunta: ¿ganará alguna vez la presidencia alguien que haga suyo este proyecto? Ahora no tenía ese problema” (La travesía del desierto; Edit. Aguilar, Santiago, 1999; pp. 155-6).

Es claro, ya ni Walker ni los demás líderes de la Concertación quieren reconocer el carácter de aplanadora que tuvo la dictadura; puesto que legitimaron, consolidaron y perfeccionaron su obra refundacional en sus 20 años de gobierno. Como lo reconoció el máximo arquitecto de la transición, Edgardo Boeninger -en un libro escrito en 1997- el liderazgo de la Concertación, a fines de la década de los 80, experimentó un proceso de convergencia con la derecha en su pensamiento económico, “convergencia que políticamente no estaba en condiciones de reconocer” (Democracia en Chile. Lecciones para la gobernabilidad; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1997; p. 369); y que “la incorporación de concepciones económicas más liberales a las propuestas de la Concertación se vio facilitada por la naturaleza del proceso político en dicho período, de carácter notoriamente cupular, limitado a núcleos pequeños de dirigentes que actuaban con considerable libertad en un entorno de fuerte respaldo de adherentes y simpatizantes” (Id., pp. 369-70). Además, Boeninger agregó que “los avances descritos en los campos económico y social facilitaron, a su vez, la negociación política, que culminó con las reformas constitucionales pactadas de 1989, que dieron nacimiento a un nuevo consenso básico nacional en relación al orden político. A contar de ese momento, la Concertación aceptó explícitamente la Constitución del 80 así modificada (sic), lo que desde otro punto de vista representó un encuentro mínimo suficiente entre el proyecto político del régimen militar y la propuesta democrática de la Concertación, despojados ambos de sus aristas más radicales” (Id., p. 371).

Por cierto, todo lo anterior fue reconocido encomiásticamente por Allamand: “Edgardo Boeninger, instalado en el poderoso Ministerio Secretaria General de la Presidencia, afirmaba que ‘el imperativo era dar legitimidad social y política a un modelo económico que acarreaba con el pecado original de haber sido implantado por la repudiada dictadura’. ¿Y cómo hacer eso? Transformando el modelo chileno en un auténtico proyecto nacional” (Allamand; pp. 239-40). Y Allamand constató triunfalmente que las dos reformas económicas de importancia del gobierno de Aylwin (tributaria y laboral) lograron aquello, consolidando el modelo económico de la dictadura (Ver Id., pp. 242-50); y concluyendo que “la gestión modernizadora del gobierno militar, que era la base de esos resultados, no sólo no se había erosionado, sino que estaba más firme que nunca” (Id., p. 251).

En este contexto adquieren pleno sentido los llamados de Ignacio Walker a la derecha a disipar sus temores por la inesperada mayoría parlamentaria que obtuvo la Concertación-Nueva Mayoría. Y también, desgraciadamente, pierden sustento los anuncios –inspirados en deseos reales o en argucias demagógicas- de dirigentes como el presidente del PPD, Jaime Quintana, de utilizar la clara mayoría parlamentaria obtenida como una “retroexcavadora” que desmantele la intacta obra de la dictadura.

Valparaíso: tragedia, pobreza, pan y circo

¿Qué pasará cuando Valparaíso deje de ser objeto de las cámaras a todo color? Seguramente volverá a la vida miserable, tan bien retratada por cineasta Aldo Francia, en Valparaíso mi amor, en blanco y negro, colores que reflejaban mejor la sombría existencia de los pobres de los cerros.

Los canales de televisión, como bien dice Pamela Jiles, “pauteado por los dueños del retail”, se han dedicado durante más de cuarenta horas continuas a jugar con la desgracia ajena, con el principal propósito de ganar rating, lo cual demuestra que la televisión chilena está podrida por el afán de lucro, propio de la sociedad de mercado; los periodistas ya no sólo dependen de la línea editorial del canal que los pautea a su amaño, sino también de los avisadores que se llenan los bolsillos y que con ese dinero ponen el límite de la ética la independencia periodística.

En toda tragedia no faltan aquellos que quieren, a toda fuerza, robarse las cámaras, así, es condenable el caso un periodista que quiso presentarse como héroe al pretender desafiar las llamas que se acercaban a su humanidad, pretendiendo convertirse en protagonista de su propio reportaje y no un cronista, como corresponde a un auténtico periodista. Albert Camus, en su novela en La peste, tiene la habilidad de demostrar en el desarrollo del relato una perfecta objetividad del cronista que, al final de la novela, se descubre que el doctor Bernard Rieux es su autor. Camus, que ejerció como periodista durante la Segunda Guerra Mundial, da clases y ejemplo de la ética que debe regir a estos profesionales.
Pasando a materias más concretas, relacionadas con el reciente incendio de los cerros de Valparaíso, con mucha razón se manifiesta la indignación popular con el Chile de las dos castas políticas: cada vez se les ve más alejados de la gente y las instituciones más vacías de ciudadanía – sin exagerar, podría decirse que muchos de los jerarcas políticos no representan a nadie – lo cual explica el justo enojo y crítica hacia los parlamentarios en particular, que están impidiendo que la “casa de todos los ciudadanos” sea destinada como albergue transitorio. Hay que reconocer que produce indignación el constatar cómo este adefesio, pero rico palacio, se ubica en medio de la pobreza del barrio El Almendral, y a muy poco distancia del incendiado y destruido cerro Ramaditas. Nada más monstruoso que este contraste entre estos dos extremos: la pobreza y la riqueza.
No faltan los oportunistas, como el senador Iván Moreira, que proponen donar el moco de pavo de un millón de pesos, de su suculenta dieta, que se burlan de Jesús al recordar la frase “que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, o del San Alberto Hurtado, con su célebre sentencia “dar hasta que duela”. Si están dispuestos a lucirse a costa de la desgracia de sus semejantes, hagámosla completa: “donen la mitad de su sueldo” que sumado alcanzaría más de los 500 millones de pesos que el gobierno central entrega a la municipalidad de Valparaíso, para atender las necesidades más urgentes de los damnificados; si sumáramos un porcentaje de los sueldos de los ministros, subsecretarios, intendentes, gerentes de empresas del Estado y generales de las ramas de las fuerzas armadas, tendríamos fácilmente, más de dos mil millones de pesos, y además, acercaría a las autoridades a los ciudadano

El gesto del diputado Iván Fuentes resalta positivamente por su valor y autenticidad, dentro de este panorama de repudio a las castas políticas que, en gran medida, son responsables por su desidia del drama que viven hoy los ciudadanos de los cerros de Valparaíso y, ayer, los del Alto Hospicio y las zonas rurales del norte grande, víctimas del reciente terremoto. No es éticamente aceptable que en los cerros no exista agua y los grifos – si los había - fueran solamente un adorno.
El gobierno regional de Valparaíso está muy desprestigiado y casi todos sus últimos intendentes han sido cuestionados por malversación de fondos y, lo que es peor, la cercanía que debiera existir entre los porteños y su municipalidad prácticamente está rota, con una enorme deuda, que será muy difícil de saldar, y ante una crisis de esta magnitud, los poderes locales muestran su incapacidad para enfrentar la reconstrucción, dependiendo así sólo del poder central.
A diferencia del gobierno de Sebastián Piñera, que hizo de las catástrofes un trampolín a la popularidad, vistiéndose con el traje de cada ocasión – como otrora lo hiciera el general Carlos Ibáñez del Campo – y sus funcionarios con sus vistosas chaquetas rojas, el actual gobierno está siendo mucho más discreto y sin mucha bulla y vestidos de ciudadanos, enfrentan la contingencia.
Rafael Luis Gumucio Rivas