sábado, 1 de octubre de 2011

Soy Indignado.-



Pertenezco a ese grupo de chilenos que después del terremoto y

tsunami del 27 de febrero de 2010 nos hemos dedicado a ayudar a levantar

escuelas, jardines infantiles, botes de pescadores y comercios que fueron

destruidos por la fuerza de la naturaleza. Hemos sido miles los que hemos

dedicado nuestro mejor esfuerzo, nuestra pasión y nuestro compromiso en ayudar a

volver a levantar a Chile. Lo hicimos desde la alegría y desde nuestra

libertad.




Muchos lo hicimos donando a Teletón, Desafío Levantemos Chile, al

Techo para Chile y a muchas organizaciones de la sociedad civil. Miles de

jóvenes se volcaron a ayudar a miles de familias chilenas, y nos conmovimos con

el sufrimiento, pero sobre todo nos cautivamos con el compromiso de tantos por

reconstruir nuestra sociedad. Sabemos que todavía nos queda mucho por

hacer.




Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para que ningún

niño chileno perdiera su año escolar en 2010 y, junto a mucha gente, lo

logramos. Pero, un año después, vemos que miles de nuestros jóvenes están a

punto de perderlo.




Soy un indignado, porque logramos levantar escuelas caídas para

que nuestros niños pudieran estudiar, pero, un año después, otros las

queman.




Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para levantar los

pequeños comercios devastados por el terremoto y tsunami para que los

emprendedores se volvieran a levantar; pero, un año después, veo a cientos de

comerciantes como ellos que sufren los destrozos de sus locales cada vez que hay

una protesta callejera.




Soy un indignado, porque un joven inocente ha perdido su vida tan

sólo por haber estado en el lugar y momento equivocados (mientras escribo esta

columna nos acabamos de enterar de que la bala que mató al joven Manuel

Gutiérrez salió del arma de un carabinero; ojalá tengamos la mesura para

condenar un hecho puntual y no a una institución completa, pues si es así

escalemos también hasta los organizadores de las

protestas).




Soy un indignado, porque vimos cómo nuestros carabineros evitaban

los saqueos en los días posteriores al terremoto, y ahora vemos cómo

delincuentes, escondidos entre los estudiantes, los atacan sin piedad en cada

protesta.




Soy un indignado porque, pese a todos los problemas que tenemos

como sociedad, hemos tenido avances notables en las últimas décadas, y hoy nadie

se atreve a reconocer su paternidad o maternidad.





Soy un indignado por esos pseudoempresarios que engañan a la

gente, sobre todo a los más pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni

siquiera preguntarles.




Soy un indignado, porque conozco a muchos emprendedores de la

educación subvencionada que, precisamente por hacerlo mejor que los colegios

estatales (sí, los municipales, también son estatales), hoy día corren el riesgo

de tener que cerrar sus colegios.




Soy un indignado, porque muchos de los parlamentarios de nuestro

país han renunciado al liderazgo y responsabilidad que les otorgamos en las

urnas.




Soy un indignado cuando veo al presidente del Colegio de

Profesores defendiendo una supuesta calidad de la educación, cuando el gremio

que preside se niega a evaluarse.




Soy un indignado, porque no estamos discutiendo las verdaderas y

profundas razones de la pésima y desigual educación que les estamos entregando a

nuestros jóvenes, quizás porque llevamos años usando a la educación como

caballito de batalla de la política de

turno.




Soy un indignado porque, salvo honrosas excepciones, hemos caído

en la política de las encuestas y el Twitter, y hemos renunciado a defender las

convicciones. ¿Qué tal si los políticos apagaran por unos días sus computadores

y se dedicaran a defender sus convicciones?




Hoy día hablo por mí, y sólo por mí, porque además creo que no

somos muchos los que en estos tiempos creemos en la libertad; sí, esa libertad

para emprender, para equivocarse, para educar, para enseñar y para

aprender.




Soy un convencido de que la derrota de la libertad no se debe a la



fuerza de sus enemigos, sino que a la debilidad de sus

defensores.

Felipe Cubillos (diario la segunda ).-

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