
Pertenezco a ese grupo de chilenos que después del terremoto y
tsunami del 27 de febrero de 2010 nos hemos dedicado a ayudar a levantar
escuelas, jardines infantiles, botes de pescadores y comercios que fueron
destruidos por la fuerza de la naturaleza. Hemos sido miles los que hemos
dedicado nuestro mejor esfuerzo, nuestra pasión y nuestro compromiso en ayudar a
volver a levantar a Chile. Lo hicimos desde la alegría y desde nuestra
libertad.
Muchos lo hicimos donando a Teletón, Desafío Levantemos Chile, al
Techo para Chile y a muchas organizaciones de la sociedad civil. Miles de
jóvenes se volcaron a ayudar a miles de familias chilenas, y nos conmovimos con
el sufrimiento, pero sobre todo nos cautivamos con el compromiso de tantos por
reconstruir nuestra sociedad. Sabemos que todavía nos queda mucho por
hacer.
Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para que ningún
niño chileno perdiera su año escolar en 2010 y, junto a mucha gente, lo
logramos. Pero, un año después, vemos que miles de nuestros jóvenes están a
punto de perderlo.
Soy un indignado, porque logramos levantar escuelas caídas para
que nuestros niños pudieran estudiar, pero, un año después, otros las
queman.
Soy un indignado, porque trabajamos sin descanso para levantar los
pequeños comercios devastados por el terremoto y tsunami para que los
emprendedores se volvieran a levantar; pero, un año después, veo a cientos de
comerciantes como ellos que sufren los destrozos de sus locales cada vez que hay
una protesta callejera.
Soy un indignado, porque un joven inocente ha perdido su vida tan
sólo por haber estado en el lugar y momento equivocados (mientras escribo esta
columna nos acabamos de enterar de que la bala que mató al joven Manuel
Gutiérrez salió del arma de un carabinero; ojalá tengamos la mesura para
condenar un hecho puntual y no a una institución completa, pues si es así
escalemos también hasta los organizadores de las
protestas).
Soy un indignado, porque vimos cómo nuestros carabineros evitaban
los saqueos en los días posteriores al terremoto, y ahora vemos cómo
delincuentes, escondidos entre los estudiantes, los atacan sin piedad en cada
protesta.
Soy un indignado porque, pese a todos los problemas que tenemos
como sociedad, hemos tenido avances notables en las últimas décadas, y hoy nadie
se atreve a reconocer su paternidad o maternidad.
Soy un indignado por esos pseudoempresarios que engañan a la
gente, sobre todo a los más pobres, renegociándoles sus condiciones sin ni
siquiera preguntarles.
Soy un indignado, porque conozco a muchos emprendedores de la
educación subvencionada que, precisamente por hacerlo mejor que los colegios
estatales (sí, los municipales, también son estatales), hoy día corren el riesgo
de tener que cerrar sus colegios.
Soy un indignado, porque muchos de los parlamentarios de nuestro
país han renunciado al liderazgo y responsabilidad que les otorgamos en las
urnas.
Soy un indignado cuando veo al presidente del Colegio de
Profesores defendiendo una supuesta calidad de la educación, cuando el gremio
que preside se niega a evaluarse.
Soy un indignado, porque no estamos discutiendo las verdaderas y
profundas razones de la pésima y desigual educación que les estamos entregando a
nuestros jóvenes, quizás porque llevamos años usando a la educación como
caballito de batalla de la política de
turno.
Soy un indignado porque, salvo honrosas excepciones, hemos caído
en la política de las encuestas y el Twitter, y hemos renunciado a defender las
convicciones. ¿Qué tal si los políticos apagaran por unos días sus computadores
y se dedicaran a defender sus convicciones?
Hoy día hablo por mí, y sólo por mí, porque además creo que no
somos muchos los que en estos tiempos creemos en la libertad; sí, esa libertad
para emprender, para equivocarse, para educar, para enseñar y para
aprender.
Soy un convencido de que la derrota de la libertad no se debe a la
fuerza de sus enemigos, sino que a la debilidad de sus
defensores.
Felipe Cubillos (diario la segunda ).-
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